jueves, 8 de mayo de 2008

Antonio Caballero


BIOGRAFIA Y DATOS CURIOSOS
Religioso español nacido en Priego (Córdoba) el 24 de mayo de 1723 y muerto en Córdoba en 1796. Conocido en la historia colombiana como el arzobispo-virrey por haber ostentado simultáneamente los cargos de arzobispo de Santafé y virrey del Nuevo Reino de Granada, realizó una intensa actividad para desarticular el movimiento comunero (1781) y posteriormente logró pacificar el país.

Nacido en el seno de una familia hidalga formada por Juan Caballero y Espinar (que había sido escribano, regidor y alcalde del Cabildo) y la cordobesa Ana Antonia de Góngora, Antonio estudió en Granada y a los 15 años ganó beca de teólogo en el colegio de San Bartolomé y Santiago. Siguió la carrera eclesiástica en el Colegio Imperial de Santa Catalina y se invistió como sacerdote en 1750. Ese mismo año fue nombrado capellán de la Capilla Real aneja a la catedral granadina. Durante el ejercicio de este cargo escribió una biografía del poeta granadino Porcel y Salablanca.

En 1753 fue elegido canónigo lectoral de Córdoba, plaza que desempeñó hasta 1775, y en la que se distinguió por su oratoria y por su celo en el ejercicio de la censura eclesiástica. En 1775 fue elegido obispo de Chiapas, pero casi al mismo tiempo quedó vacante el obispado de Mérida, en Yucatán, por lo que se le presentó para esta última diócesis, que aceptó. Fue consagrado obispo de Mérida en la catedral de La Habana el año 1776. Llegado a su diócesis, realizó una gran labor apostólica; hizo la visita pastoral, moralizó los gravámenes del clero y reorganizó el colegio de San Pedro, que había decaído mucho tras la expulsión de los jesuitas.

En 1777 fue nombrado arzobispo de Santafé de Bogotá. Llegó a Cartagena el 29 de junio de 1778 y a la capital el 5 de marzo de siguiente. Caballero inició una importante labor pastoral: arregló la renta de los diezmos y reajustó la arquidiócesis mediante la creación de los obispados de Mérida (Venezuela) y Cuenca (Quito). Fracasó, sin embargo, en otros proyectos, como el de fundar un nuevo obispado en Antioquia, colocar la diócesis de Panamá bajo la jurisdicción santafereña, sacándola de la limeña, y organizar un Concilio provincial neogranadino para restablecer la disciplina eclesiástica.

En 1780 surgió el movimiento comunero en el Nuevo Reino de Granada, que fue una reacción popular (casi coetánea de la de Túpac Amaru en el Perú) contra el nuevo régimen de impuestos ordenado por Carlos III. Para efectuarla en el Nuevo Reino se envió al visitador Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres en 1777. Éste estableció el estanco del tabaco, prohibió su cultivo en determinadas regiones, como el Socorro y Chiriquí, erigió las rentas estancadas de naipes y el aguardiente, organizó la Dirección General de Rentas, creó las aduanas en Cartagena y Santafé y finalmente, el 12 de octubre de 1780, publicó la Instrucción de nuevos gravámenes, por la que se subía dos reales la libra de tabaco y otros dos la azumbre del aguardiente.

A los diez días nació el movimiento comunero en Simacota, que se extendió luego al Socorro, San Gil, Charalá, Girón, etc. La rebelión se organizó en el Socorro con participación de mestizos, criollos e indios. Reunió casi veinte mil hombres que se dirigieron hacia la capital para pedir la derogación de los nuevos impuestos. Santafé se encontraba con cierto vacío de poder, pues el virrey don Manuel de Flores había marchado a Cartagena para defenderla de un supuesto ataque inglés y el visitador huyó hacia el río Magdalena ante la agresividad comunera contra su persona.

Los oidores tuvieron que afrontar el problema con ayuda del arzobispo Caballero. Decidieron enviar una delegación (formada por los doctores Juan Francisco Pey y Eustaquio Galavis) para detener a los comuneros, a la que se unió el arzobispo. Los delegados partieron al encuentro de los comuneros, que hallaron en Zipaquirá, una población situada a sólo unos 60 kilómetros de la capital. Allí negociaron con los capitanes comuneros.

El General del Común, Juan Francisco Berbeo, presentó sus reivindicaciones en forma de 35 capitulaciones, que en síntesis exigían la derogación de los nuevos impuestos y la disminución de los antiguos. Empezaron a discutirse una por una pero, ante el temor de que el pueblo se cansara de la espera y marchara sobre Bogotá, el Arzobispo aconsejó a los oidores aceptarlas todas. Así se hizo, por lo que se procedió a jurar el acuerdo ante los evangelios. Tras esto, se ofició una misa solemne, celebrada por el propio Caballero, y los comuneros volvieron a sus pueblos convencidos de que la autoridad del arzobispo respondería del acuerdo. No fue así, pues, una vez en Bogotá, los oidores y Caballero declararon nulo lo acordado por haber sido arrancado con coacción. Lo mismo hizo el virrey.

Los comuneros volvieron a alzarse al verse burlados, pero esta vez con menos efectivos. Fueron reprimidos a sangre y fuego por las tropas realistas. Sus principales dirigentes, entre ellos Galán, fueron apresados y ejecutados (1782). Obvia decir que el hecho de que el arzobispo se comprometiera a respetar las capitulaciones y las traicionara luego constituye un hecho muy controvertido de su biografía, sobre el que se ha escrito abundantemente.